El poema nace
y uno lo echa a volar.
Sube.
Se estira
como si pudiera tocar algo
que no sabemos nombrar
pero reconocemos.
Sube más.
Y en ese instante
—justo ahí—
parece que todo tiene sentido.
Luego
baja.
No de golpe.
Baja como bajan las cosas verdaderas:
quedándose.
Se posa
en una palabra,
en un gesto,
en una herida que no estaba cerrada.
Y uno entiende:
no era el cielo.
Era esto.
Lo que vuelve.
Lo que pesa.
Lo que queda.
El poema no cae.
Aterriza.
Isabel
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