miércoles, 17 de junio de 2026

Ley de vuelo

El poema nace
y uno lo echa a volar.
 
Sube.
 
Se estira
como si pudiera tocar algo
que no sabemos nombrar
pero reconocemos.
 
Sube más.
 
Y en ese instante
—justo ahí—
parece que todo tiene sentido.
 
Luego
 
baja.
 
No de golpe.
 
Baja como bajan las cosas verdaderas:
quedándose.
 
Se posa
en una palabra,
en un gesto,
en una herida que no estaba cerrada.
 
Y uno entiende:
 
no era el cielo.
 
Era esto.
 
Lo que vuelve.
Lo que pesa.
Lo que queda.
 
El poema no cae.
 
Aterriza.

Isabel

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