Fortunata llegó a mi casa
hace seis años y cinco meses, en el momento exacto, justo cuando el alma me
crujía por la partida de mi hermano Miguel Ángel.
Ella cargaba su propio desamparo, la habían devuelto después de un año de haber sido adoptada. Mi hijo León fue a recogerla y me pidió que la cuidara “sólo por unas horas”, en lo que encontraba un albergue donde dejarla.
Venía huraña, asustada, y su esqueleto se dibujaba con nitidez bajo la piel. Era el vivo retrato del abandono y, aun así, linda. Es pequeña, mezcla de chihuahua y de un tal Pancho arrabalero.
Al mirarla supe que no iría a ningún lado. El desconsuelo de las dos hizo puente. «Yo me la quedo», le dije a León. Y así nos "adoptamos" para el resto de nuestras vidas.
A mis hijos León y Alejandro. los amó desde el primer segundo. Conmigo, guardó distancia. Pero el tiempo —y la paciencia— van borrando recelos. Hoy, doña Efe no me pierde de vista. Sabe que es mi compañera y yo sé quién es ella: no le gusta que se lleven pesado, huye de los niños, y es una sibarita que sabe desparramarse justo donde entra un rayo de sol.
Enseñarle modales, no fue difícil. Cuando descubrió que su nuevo domicilio cuenta con jardincito, ni siquiera tuve que decirle dónde, ella sola vio el terreno con autoridad y se dijo: “aquí mero”, jajaja. Se adueñó del trozo de tierra con toda naturalidad.
Pero vivir con Fortunata también trajo pérdidas. En ese mismo jardín tengo una planta llamada algodoncillo que es mi pequeño criadero de mariposas monarca. Allí llegan, dejan sus huevecillos y ocurre el milagro silencioso de las orugas. Pero mi chihuahua, herencia de su sangre callejera, no entiende de poesía contemplativa. Para ella, esas alas de colores que revolotean al ras del suelo son una provocación. Si no estoy alerta y la meto corriendo a la casa, de un brinco las derriba. Ya debe varias vidas.
Fortu, a la hora de la comida, se sienta frente a mí y calcula la distancia entre mi mano y mi boca por si suelto bocado. Sus ojos me recuerdan que somos del mismo bando y que el botín se comparte.
Quién diría que tanta vida, tanta astucia y tanto carácter caben en un cuerpo tan pequeño. De aquella flacura que portaba cuando llegó, no queda más que el recuerdo. Hoy mi doña Efe es una chihuahua gordita y bella, colmada de sol, de amor, y de complicidad.
ISABEL
08/06/26
Ella cargaba su propio desamparo, la habían devuelto después de un año de haber sido adoptada. Mi hijo León fue a recogerla y me pidió que la cuidara “sólo por unas horas”, en lo que encontraba un albergue donde dejarla.
Venía huraña, asustada, y su esqueleto se dibujaba con nitidez bajo la piel. Era el vivo retrato del abandono y, aun así, linda. Es pequeña, mezcla de chihuahua y de un tal Pancho arrabalero.
Al mirarla supe que no iría a ningún lado. El desconsuelo de las dos hizo puente. «Yo me la quedo», le dije a León. Y así nos "adoptamos" para el resto de nuestras vidas.
A mis hijos León y Alejandro. los amó desde el primer segundo. Conmigo, guardó distancia. Pero el tiempo —y la paciencia— van borrando recelos. Hoy, doña Efe no me pierde de vista. Sabe que es mi compañera y yo sé quién es ella: no le gusta que se lleven pesado, huye de los niños, y es una sibarita que sabe desparramarse justo donde entra un rayo de sol.
Enseñarle modales, no fue difícil. Cuando descubrió que su nuevo domicilio cuenta con jardincito, ni siquiera tuve que decirle dónde, ella sola vio el terreno con autoridad y se dijo: “aquí mero”, jajaja. Se adueñó del trozo de tierra con toda naturalidad.
Pero vivir con Fortunata también trajo pérdidas. En ese mismo jardín tengo una planta llamada algodoncillo que es mi pequeño criadero de mariposas monarca. Allí llegan, dejan sus huevecillos y ocurre el milagro silencioso de las orugas. Pero mi chihuahua, herencia de su sangre callejera, no entiende de poesía contemplativa. Para ella, esas alas de colores que revolotean al ras del suelo son una provocación. Si no estoy alerta y la meto corriendo a la casa, de un brinco las derriba. Ya debe varias vidas.
Fortu, a la hora de la comida, se sienta frente a mí y calcula la distancia entre mi mano y mi boca por si suelto bocado. Sus ojos me recuerdan que somos del mismo bando y que el botín se comparte.
Quién diría que tanta vida, tanta astucia y tanto carácter caben en un cuerpo tan pequeño. De aquella flacura que portaba cuando llegó, no queda más que el recuerdo. Hoy mi doña Efe es una chihuahua gordita y bella, colmada de sol, de amor, y de complicidad.
ISABEL
08/06/26
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