A mis ochenta y tres años, el paseo diario con mi perrita Fortunata es
mi respiro de libertad. Mis hijos insisten en la fragilidad de mis cansados otoños,
y tienen razón: un tirón de doña "F" —que es un roble— o un simple
tropiezo, me llevarían al suelo... ¡y pácatelas!, se acaba mi independencia.
Pero el verdadero peligro no es mi edad; es la falta de conciencia
ajena. No se puede salir a caminar confiadamente porque, en un parpadeo, aparece un
peludo sin correa y el dueño que no sabe controlarlo. Eso lo viví el pasado
domingo, cuando Fortunata sufrió cuatro dentelladas graves de un perro furioso que andaba sin control. Se me
estruja el alma ver a mi peque toda parchada y con ese incómodo cucurucho en el cuello.
¡Qué caro pagué la osadía de sacarla a caminar!
Ahora mi casa es un hospital de amor. Muchas gracias, León, Alejandro y Nuri, por sus manos valientes en las curaciones; mientras ustedes sanan su piel, yo
vigilo su alimento y su medicina. Espero que pronto mi bonita abandone ese cono
con vuelo que tanto la enoja y vuelva a ladrar feliz. Que se engulla a cachitos
esta vida que, aunque arriesgada, es hermosa.
Un susurro para Fortu: Perdóname, pequeña mía, por ese domingo de la punzada. Aunque hoy
camines como loquita con remiendos y un cono como collar, recuerda: mis manos no te sueltan.
Este encierro no es castigo, es el nido donde vamos a sanar. Mañana, cuando el
susto sea solo un verso en mi libreta, volveremos a ser, simplemente, tú y yo
contra el mundo.
12/03/26
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