Ocurrió ayer, en el cruce
de una calle cualquiera, después de una eternidad de ausencia. El azar, que a
veces es caprichoso, nos puso frente a frente.
Él me miró con un anhelo que el tiempo no había logrado borrar. Yo, por mi parte, sentí un gozo íntimo y extraño; lo miré como quien descubre una fotografía olvidada y reconoce en ella a alguien que, en otro tiempo, fue el único sol de su sistema.
Sin embargo, ninguno de los dos hizo el intento de acortar la distancia. No hubo puentes, solo un saludo mudo con la mano en alto y ese impulso cobarde —o quizás sabio— de apresurar el paso. En cuestión de segundos, la ciudad se lo tragó.
Él me miró con un anhelo que el tiempo no había logrado borrar. Yo, por mi parte, sentí un gozo íntimo y extraño; lo miré como quien descubre una fotografía olvidada y reconoce en ella a alguien que, en otro tiempo, fue el único sol de su sistema.
Sin embargo, ninguno de los dos hizo el intento de acortar la distancia. No hubo puentes, solo un saludo mudo con la mano en alto y ese impulso cobarde —o quizás sabio— de apresurar el paso. En cuestión de segundos, la ciudad se lo tragó.
Me quedé con el pulso acelerado y el alma en vilo. Aún emocionada, en el refugio de
mi pensamiento, me atreví a hacer lo que la calle no permitió: lo busqué en el
aire para darle un abrazo entrañable y ese beso, tantas veces postergado, que
solo vive en el poema de sus labios.
ISABEL
10/01/26
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