En el frío anochecer de ayer, llegó la musa a mi refugio ahuyentando el sopor de las sombras. Como de costumbre, no se molestó en tocar el timbre; aprovechó el hueco que deja mi cansancio, por la rendija del insomnio, por ahí entró la condenada llena de imágenes estupendas, y con un puñado de garabatos desordenados que pretendían ser versos.
Y mágicamente mi alcoba se
llenó de luz. El aire se calentó con los gratos aromas de café recién preparado
y pay de manzana, esos perfumes de mi hogar que evocan ecos de tiempos lejanos.
Asomaron entonces rostros
queridos, florecieron sonrisas y se desperezaron sueños que creía dormidos.
Todos habían vuelto con un solo propósito: acompañarme a despedir el año…
Por cierto, a diferencia
del común de la gente, yo no lo imagino como un viejito enfermo y decrépito,
sino como un ágil atleta corredor de relevos que al término de su recorrido,
entregará a su sucesor la estafeta.
Con el fulgor de los soles
que me custodiaban y la emoción de la partida, le dije adiós a este 2025,
agradecida por cada minuto de su vertiginoso viaje. ¡Qué dicha haberlo vivido!
ISABEL
30/12/25
30/12/25
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