Mi
corazón no era el único que palpitaba sin tregua; Me causaba un dolor punzante y
sordo, que se alojaba en lo más profundo y que solo desaparecía para anunciar
un retorno más cruel. Él regresaba sin avisar, sin pedir permiso, con esa
molesta familiaridad que solo los parásitos conocen.
Cuando logré serenarme, ya no maldije. Era hora de poner en práctica lo que la razón me aconsejaba cada vez que se marchaba: abandonar el papel de mártir, ese disfraz que tan mal me sienta, y ponerle un punto final, innegociable, a sus molestas idas y vueltas.
Sí. Esta vez decidí acabar con el enemigo. Sacarlo de mi vida, para siempre.
Tan pronto como pude, busqué a un profesional capaz. Con sus diestras y firmes manos, mi dentista me liberó de aquel perverso huésped que reaparecía solo para mortificarme. Al fin, silencio.
27/07/15
No hay comentarios:
Publicar un comentario