Ella abrió la ventana de su alcoba, respiró profundo, y
automáticamente fijó la mirada en la lejanía.
Allí, donde la alborada se pinta sonrojos y saluda optimista al amanecer
con un lindo pañuelo bordado de promesas.
Como siempre la luminosidad del nuevo día la invitó a
asomarse al programa de sus horas, deseando viviera la fiesta de su recorrido
en el reloj de la vida.
Esta vez ella no dudó en aceptar tal propuesta. Probaría
relajarse en tal aventura.
Y con determinación se deshizo de estorbos, del sopor de
sueños vanos y abrió bien los ojos para ir al encuentro de las pequeñas cosas
que rodean su entorno y que, sin sospecharlo, hacía tiempo la esperaban con su catálogo
de embelesos.
¡Qué fácil fue quererlas! Sacudieron su marasmo y
ampliaron su sonrisa. Hoy, hasta las puntas de sus cabellos revelan lo
afortunada que se siente por estar de pie, libre de telarañas y de vacíos.
Así, el sol, el cielo, el paisaje todo acarician su otoñal
edad. Perfecta para su latir, porque permite que circule el amor sin
complicaciones.
ISABEL.
28/08/14
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