Más veces de las que puedo contar he sentido hambre. Pero no de comida ni de amor, tampoco de sueños. Es un hambre que nace de reprimir mis ansias de gritar: «¡Por favor, ya no me busquen, no me llamen ni pregunten; no sé nada!».
Sí. Son numerosas las veces que escondo mis ganas de pedir que no me quieran, de sacudirme esa sensación de asfixia que da el ser necesaria, y de rogar que dejen de extrañarme.
¡Ah, cuánto he anhelado hartarme de indolencia! Evadir, sin sentimiento de culpa, los compromisos que impone el deber moral. Quisiera enterrar la obsesiva ansiedad que me amarra cuando deseo caminar ligera, despreocupada y complacida, aunque deba disimular mis emociones. Al final, si logro superar las dificultades, solo yo seré la autora intelectual de mis futuras congojas o la dueña absoluta de mi entusiasmo.
Confieso que, muchísimas veces, he sentido un hambre insaciable de libertad.
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